CONSTRUYENDO EL PARADIGMA DE VIOLENCIA: Medios de Comunicación, Violencia y Juventud

Abstract

Autor: Jock Young Sociólogo, Middlesex University, London.Criminólogo, John Jay College, City University of New York.

“Ha sido como un cliché la observación que, a pesar de muchas décadas de investigación y cientos de estudios, las conexiones entre el consumo de medios de comunicación por parte de la gente y su comportamiento subsecuente, han seguido siendo persistentemente evadidas. Ciertamente, los investigadores han disfrutado de un grado inusual de paciencia por parte de sus pares y del público”. (David Gauntlett, 1988, 1).

Esta advertencia de Gauntlett en el comienzo de su excelente artículo, “Diez errores con el Modelo de Efectos”, ha encontrado eco en otros compendios autorizados de la literatura en el área. Así, Sonia Livingstone afirma que “a pesar del volumen de investigación, el debate sobre los efectos de los medios de comunicación.…permanece sin solución” (1996, 306) y Rob Reiner, en su meticulosa revisión de la investigación preparada para el Oxford Handbook of Criminology, afirma que “la escasa conclusión a partir del gasto de incontables horas de investigación y de dólares es, ante todo, un testimonio de las limitaciones de la ciencia social empírica…porque el arsenal de posibles técnicas de investigación para establecer directamente los efectos de las imágenes mediales en el crimen, es difuso y padece de limitaciones evidentes largamente reconocidas” (1997, 214).

Reiner afirma, de manera importante, que los resultados son un producto de estas limitaciones, más que una simple ratificación de los efectos mínimos que tienen los medios de comunicación, agrega como advertencia crítica: “..aunque con frecuencia eso es interpretado por …… libertarios o por parte de defensores profesionalmente interesados de las imágenes mediales como patente de sanidad ”. (idem).

No es mi intención aquí examinar atentamente las limitaciones de la teoría de los efectos. Baste decir que es frecuente el diseño imperfecto de la investigación; correlación a menudo es confundida con casualidad; las definiciones de conductas pro y anti sociales son arbitrarias; las generalizaciones hacia las situaciones “naturales” vividas, hechas a partir de situaciones “artificiales” de laboratorios o de estudios basados en perspectivas escolares, son habitualmente abandonadas y de cualquier forma, los resultados son a menudo inconsistentes, confusos y débiles. Sobre todo, se asume un determinismo mecánico y simple que ignora la reflexividad humana. Después de todo, la exposición a la violencia medial puede conducir a una persona a convertirse en un activista contra esa violencia, al tiempo que puede alentar a aquellos que buscan justificaciones para su propia violencia.

Además, existe la persistente tendencia conservadora, en muchos políticos como en académicos, a explicar la violencia como de total responsabilidad de los medios de comunicación y no de un amplio rango de factores sociales (por ejemplo, el crecimiento desigual, la pobreza, los vecindarios decrépitos, etc.) que impactan sobre la gente (ver Cohen y Young, 1981; Gauntlett, 1998). Esta ignorancia de los factores estructurales se complementa con la subestimación de los extendidos factores culturales que conducen a la violencia. Por lo demás, los efectos son estudiados como si fueran el resultado de átomos desagregados de violencia más que parte de narrativas –o paradigmas, si se prefiere- en dónde es permisible o no permisible la violencia (ver Mooney y Young, 2002).

Este ensayo del Profesor Young es su colaboración al libro colectivo “Images of Crime”, Vol. 2 (2003), cuyos editores son H.J. Albrecht, A. Koukoutsake y T. Serassis. Freiburg: Max Planck Institut. La traducción autorizada es responsabilidad de los profesores Susana Yudelevich Tabacman y Edison Otero Bello.


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